–Majestad no es momento para volcar nuestras esperanzas en una leyenda de palacio. Ese ser, ese guerrero por lo que cuentan, en realidad no existe. Son sólo historias que se cuentan en las fiestas para divertir y entretener a los invitados a palacio –explicó Sebral.
–No son únicamente historias de palacio, señor –interrumpió Shárika–, también entre el pueblo llano circulan esas leyendas.
–Podéis creer lo que queráis, pero él existe –insistió la joven cruzándose de brazos.
–Jhiral y yo lo hemos visto. Os aseguro que no es una leyenda – le apoyó Thomas.
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Antaño el Bosque Lubre se extendía por la ladera oeste de la Cordillera Pétrika, al sur de Ákrita, abarcando el valle del río Sil, rodeando la aldea de Minwin. Pero la economía rural basada en la agricultura prosperó y los campos de cultivo ganaron terreno a los hermosos árboles, reduciendo su número a menos de la mitad y confinando al bosque a vivir al este del Sil; en las laderas de la cordillera. Al paso del tiempo los románticos rincones se cubrieron de sombras, su fauna salvaje se volvió violentamente despiadada y su bella vegetación creció exuberantemente al tiempo que la oscuridad se apoderó del bosque, desde entonces maldito. Poblado por jaurías de lobos sedientos de sangre, según los cazadores; gigantescas plantas carnívoras, según los campesinos; dragones de tres cabezas o cuatro, coinciden algunos aldeanos; serpientes grandes o serpientes enormes de ocho y diez metros, animales voladores capaces de arrancarle a uno la cabeza de un mordisco,... y todo ello era cierto. Pero el camino era el sitio más seguro de todo el bosque.
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