Poco recordaba Sebas de lo que sucedió después de ser coronado. Aquel mago se disipó como humo dejándole sólo frente a la corte. Aquellos que antes le miraban con desprecio ahora le observaban con miedo y compasión. Una extraña mezcla que no le hacía su posición más cómoda. Como un saco se dejó caer en el trono y apoyó la cabeza en su mano para pensar un poco.
Ordenó que atendieran a la princesa. Que no le faltara de nada. ¿Qué otra cosa podía hacer por ella? Ya se vería más adelante. Recordaba haber despedido a los congregados y recogerse en las dependencias reales.
Sólo cuando entró en la habitación del rey pensó que su destino quizás no fuera tan malo. El día dio paso a la noche y con ella el sueño venció las preocupaciones del nuevo rey.
La luna marcaba la media noche cuando una nube de pútrida oscuridad se acercó por el horizonte, desde el centro de la ciudad. Como una manta miles de insectos se internaron por los ventanales de la habitación congregándose en el rincón más oscuro, frente a la cama. El Rey despertó justo a tiempo para ver como los insectos se amontonaban unos encima de otros formando una temible figura. Un ser humanoide, de doble estatura y envergadura, oscuro, negro como el carbón de su alma. Sus dientes afilados como cuchillas lucían sucios en un marco de oscuridad total.
Al ver que aquel engendro oscuro permanecía quieto en las sombras Sebas se armó de valor para preguntar: ¿Quién o qué eres?
-Soy Belgost –y de su voz parecieron manar los males de todo el mundo-, el terror, el azote de las plagas. Mía es la misión de vigilar que sus deseos sean cumplidos.
Oírlo provocaba nauseas y mareos. Como si las palabras emanaran hedor. Sus ojos brillaron rojizos en la oscuridad.
–¿Y qué ordena tu amo?
–Nuestro amo desea un ejército.
–Ya lo tiene, todo lo mío es suyo. Como bien claro ha dejado hoy. O ayer.
No podría asegurar si era el mareo provocado por Belgost o el sueño pero apenas podía concentrarse en nada.
–No le sirve. Desea un ejército más grande.
–Vale, vale, veré lo que puedo hacer. Aunque no sé como.
–Ha de hacerse.
–¿Y porqué no lo haces tú? –Por un momento olvidó con quien estaba hablando.
Belgost salió de las sombras. Su piel oscura estaba formada por millones de gusanos, coleópteros y similares. Su armadura, negra como la noche, apenas se diferenciaba del resto de su ser. A su alrededor pululaban decenas de insectos.
Acercó su mano al rostro del espantado rey y éste pudo comprobar como cada uno de aquellos seres que lo formaban estaba vivo. Pese a ello no perdió la compostura, aunque su garganta pugnaba por chillar.
–Eres fuerte, más de lo que aparentas. Ahora sé porque el Amo te ha elegido.
–¿A sí? Pues no lo quiero. Toma tú esta estúpida corona.
–No creo que sea lo que el Amo desea.
–Me da igual –angustiado.
–El precio de la abdicación es la muerte.
–Joder.
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