jueves, 21 de octubre de 2010

¿Buenas noticias?

Habiéndome recibido por enviar por e-mail una novela ya he recibido acuse de recibo. Eso es bueno, supongo.
Pero lo mejor es que dicen que la van a evaluar en un periodo de 5 meses. Y yo me pregunto si eso es debido a que la van a leer entera (lo cual significaría que no la desechan en el acto) o que tienen tantas que por eso dan ese margen.
Mi caracter pesimista me hace inclinarme a la segunda opción. Y es que son bastantes las veces en que sí pero no.

viernes, 1 de octubre de 2010

7.0 Belgost



Poco recordaba Sebas de lo que sucedió después de ser coronado. Aquel mago se disipó como humo dejándole sólo frente a la corte. Aquellos que antes le miraban con desprecio ahora le observaban con miedo y compasión. Una extraña mezcla que no le hacía su posición más cómoda. Como un saco se dejó caer en el trono y apoyó la cabeza en su mano para pensar un poco.
Ordenó que atendieran a la princesa. Que no le faltara de nada. ¿Qué otra cosa podía hacer por ella? Ya se vería más adelante. Recordaba haber despedido a los congregados y recogerse en las dependencias reales.
Sólo cuando entró en la habitación del rey pensó que su destino quizás no fuera tan malo. El día dio paso a la noche y con ella el sueño venció las preocupaciones del nuevo rey.
La luna marcaba la media noche cuando una nube de pútrida oscuridad se acercó por el horizonte, desde el centro de la ciudad. Como una manta miles de insectos se internaron por los ventanales de la habitación congregándose en el rincón más oscuro, frente a la cama. El Rey despertó justo a tiempo para ver como los insectos se amontonaban unos encima de otros formando una temible figura. Un ser humanoide, de doble estatura y envergadura, oscuro, negro como el carbón de su alma. Sus dientes afilados como cuchillas lucían sucios en un marco de oscuridad total.
Al ver que aquel engendro oscuro permanecía quieto en las sombras Sebas se armó de valor para preguntar: ¿Quién o qué eres?
-Soy Belgost –y de su voz parecieron manar los males de todo el mundo-, el terror, el azote de las plagas. Mía es la misión de vigilar que sus deseos sean cumplidos.
Oírlo provocaba nauseas y mareos. Como si las palabras emanaran hedor. Sus ojos brillaron rojizos en la oscuridad.
–¿Y qué ordena tu amo?
–Nuestro amo desea un ejército.
–Ya lo tiene, todo lo mío es suyo. Como bien claro ha dejado hoy. O ayer.
No podría asegurar si era el mareo provocado por Belgost o el sueño pero apenas podía concentrarse en nada.
–No le sirve. Desea un ejército más grande.
–Vale, vale, veré lo que puedo hacer. Aunque no sé como.
–Ha de hacerse.
–¿Y porqué no lo haces tú? –Por un momento olvidó con quien estaba hablando.
Belgost salió de las sombras. Su piel oscura estaba formada por millones de gusanos, coleópteros y similares. Su armadura, negra como la noche, apenas se diferenciaba del resto de su ser. A su alrededor pululaban decenas de insectos.
Acercó su mano al rostro del espantado rey y éste pudo comprobar como cada uno de aquellos seres que lo formaban estaba vivo. Pese a ello no perdió la compostura, aunque su garganta pugnaba por chillar.
–Eres fuerte, más de lo que aparentas. Ahora sé porque el Amo te ha elegido.
–¿A sí? Pues no lo quiero. Toma tú esta estúpida corona.
–No creo que sea lo que el Amo desea.
–Me da igual –angustiado.
–El precio de la abdicación es la muerte.
–Joder.



miércoles, 29 de septiembre de 2010

1.5. Huye


«Corre, corre más rápido.» «No te pares.» Se repetía constantemente el mercenario. «Salta.» Sus pies volaban entre la espesura de aquel bosque. Sus ojos dilatados vigilaban el suelo y los alrededores buscando cualquier peligro. Cualquier monstruo que pudiera haberle lanzado tras él aquella maldita calavera parlante. De un claro saltaba a la espesura y luego otro claro. Siempre en línea recta.
No recordaba si habían pasado por ahí pero no le importaba. Conocía los bosques lo suficiente para no correr en círculo. Seguro de su destino corría por su vida. Estaba seguro que nadie se había tomado a bien su abandono y mucho menos aquel ser maligno.

Hacia ya tiempo que debía haberles dejado. La empresa en la que se habían metido no podía reportar nada bueno. Por todos los dioses, seguir las indicaciones de una calavera parlante para alcanzar el mayor tesoro del mundo era de locos. Si había alguna razón por la que seguir con ellos era la hija de aquel pirata oriental. Pero ni todas las mujeres del mundo le iban a convencer para seguir con ello. Si la visita al Templo del Gran Xeos no había sido suficiente aquel viajecito hacia el valle serpiente era la gota final.
Diez años atrás pudo visitar aquel valle perdido entre afiladas paredes montañosas. Un error de juventud que no iba a volver a repetir. Nada bueno habitaba allí dentro. Ni tampoco humano. No perdería tiempo intentando convencer a los otros dos. Tan pronto dedujo su destino resolvió largarse al amparo del anochecer.
–No os preocupéis, no irá muy lejos. Éste es el bosque de Ladcoped, que en la antigua lengua significa hogar de serpientes. –Aclaró Troxer al detectar su huída.
Aquello, a decir verdad, no tranquilizó mucho a la pareja. El padre miró a su hija temiendo por un momento el haberla metido en aquel desatino. Pero ya no había marcha atrás, sólo la visión de las futuras riquezas confortaban su corazón. Ello y la esperanza de que Troxer no les hubiera engañado.

Asus continuó corriendo pese al estruendo a sus espaldas. No se atrevía a mirar atrás. Algo grande le perseguía, algo monstruoso que le iba ganando terreno. Frente a él pudo ver entre los árboles el río. Más allá sólo había campos. Esperaba que fuera lo que fuera no le persiguiera fuera de los límites del bosque.
Un trozo de árbol paso rozándole la espalda. Asus lanzó un cuchillo hacia donde había venido sin parar de correr y se lanzó al agua. El chasquido de unas mandibulas vibró dentro del agua. Él nadó todo lo rápido que pudo hasta llegar a la otra orilla. Sólo entonces se detuvo para mirar atrás.
Una serpiente gigantesca se asomaba en la otra orilla con un cuchillo clavado en su lado derecho. No lo sabía pero aquel cuchillo le había salvado la vida. Ahora la serpiente se debatía entre cruzar el río o volver al bosque con las fauces vacías. Alguna fuerza arcana la retenía pues aquel río, aunque ancho, no presentaba ningún problema a aquel monstruo.
Sólo cuando la serpiente se internó de nuevo en el bosque Asus respiró tranquilo.