«Corre, corre más rápido.» «No te pares.» Se repetía constantemente el mercenario. «Salta.» Sus pies volaban entre la espesura de aquel bosque. Sus ojos dilatados vigilaban el suelo y los alrededores buscando cualquier peligro. Cualquier monstruo que pudiera haberle lanzado tras él aquella maldita calavera parlante. De un claro saltaba a la espesura y luego otro claro. Siempre en línea recta.
No recordaba si habían pasado por ahí pero no le importaba. Conocía los bosques lo suficiente para no correr en círculo. Seguro de su destino corría por su vida. Estaba seguro que nadie se había tomado a bien su abandono y mucho menos aquel ser maligno.
Hacia ya tiempo que debía haberles dejado. La empresa en la que se habían metido no podía reportar nada bueno. Por todos los dioses, seguir las indicaciones de una calavera parlante para alcanzar el mayor tesoro del mundo era de locos. Si había alguna razón por la que seguir con ellos era la hija de aquel pirata oriental. Pero ni todas las mujeres del mundo le iban a convencer para seguir con ello. Si la visita al Templo del Gran Xeos no había sido suficiente aquel viajecito hacia el valle serpiente era la gota final.
Diez años atrás pudo visitar aquel valle perdido entre afiladas paredes montañosas. Un error de juventud que no iba a volver a repetir. Nada bueno habitaba allí dentro. Ni tampoco humano. No perdería tiempo intentando convencer a los otros dos. Tan pronto dedujo su destino resolvió largarse al amparo del anochecer.
–No os preocupéis, no irá muy lejos. Éste es el bosque de Ladcoped, que en la antigua lengua significa hogar de serpientes. –Aclaró Troxer al detectar su huída.
Aquello, a decir verdad, no tranquilizó mucho a la pareja. El padre miró a su hija temiendo por un momento el haberla metido en aquel desatino. Pero ya no había marcha atrás, sólo la visión de las futuras riquezas confortaban su corazón. Ello y la esperanza de que Troxer no les hubiera engañado.
Asus continuó corriendo pese al estruendo a sus espaldas. No se atrevía a mirar atrás. Algo grande le perseguía, algo monstruoso que le iba ganando terreno. Frente a él pudo ver entre los árboles el río. Más allá sólo había campos. Esperaba que fuera lo que fuera no le persiguiera fuera de los límites del bosque.
Un trozo de árbol paso rozándole la espalda. Asus lanzó un cuchillo hacia donde había venido sin parar de correr y se lanzó al agua. El chasquido de unas mandibulas vibró dentro del agua. Él nadó todo lo rápido que pudo hasta llegar a la otra orilla. Sólo entonces se detuvo para mirar atrás.
Una serpiente gigantesca se asomaba en la otra orilla con un cuchillo clavado en su lado derecho. No lo sabía pero aquel cuchillo le había salvado la vida. Ahora la serpiente se debatía entre cruzar el río o volver al bosque con las fauces vacías. Alguna fuerza arcana la retenía pues aquel río, aunque ancho, no presentaba ningún problema a aquel monstruo.
Sólo cuando la serpiente se internó de nuevo en el bosque Asus respiró tranquilo.